X

Sócrates en El infinito en un Junco de Irene Valle

Sócrates en El infinito en un Junco de Irene Valle

Sócrates aparece un par de ocasiones en El infinito en un Junco, a propósito de un dilema que hoy podría parecernos estrambótico: se pregunta si la invención de la escritura no ocasionó más perjuicios que beneficios. No se trataba de una ocurrencia divertida o extravagante, pues el filósofo ateniense nunca puso su pensamiento por escrito. En esta elección no estaba solo, lo acompañan figuras como Pitágoras, Diógenes, Buda y Jesús de Nazaret. (Cf, p. 107) Pero, en su caso, la negativa estaba motivada por razones que podemos conocer, gracias a que su discípulo Platón no lo siguió en todo, y escribió al respecto. En el Fedro, pone en boca de Sócrates un mito que cuestiona las bondades de las letras, que Irene Vallejo traduce bellamente:

 

Hace siglos, le dice Sócrates a Fedro, el dios Theuth de Egipto, inventor de los dados, el juego de damas, los números, la geometría, la astronomía y las letras, visitó al rey de Egipto y le ofreció estas invenciones para que las enseñase a sus súbditos. Traduzco las palabras de Sócrates: «El rey Thamus le preguntó entonces qué utilidad tenía escribir, y Theuth le replicó: —Este conocimiento, ¡oh rey!, hará más sabios a los egipcios; es el elixir de la memoria y de la sabiduría. Entonces Thamus le dijo: —¡Oh Theuth!, por ser el padre de la escritura le atribuyes ventajas que no tiene. Es olvido lo que producirán las letras en quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de los libros, llegarán al recuerdo desde fuera. Será, por tanto, la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que la escritura dará a los hombres; y, cuando haya hecho de ellos entendidos en todo sin verdadera instrucción, su compañía será difícil de soportar, porque se creerán sabios en lugar de serlo». (p. 124)

 

En El infinito en un junco, Sócrates representa un momento coyuntural, en el cual la escritura ya había transformado la civilización griega, pero la oralidad conservaba su antiguo ascendente y seguía dando la pauta para las expresiones de la alta cultura, la educación y la política. La lectura, lo mismo que el uso de instrumentos musicales, eran actividades serviles. Esto se muestra claramente al inicio del diálogo: Sócrates se topa accidentalmente con Fedro, afuera de las murallas de Atenas, cuando intenta memorizar un discurso de Lisias, cuyo manuscrito esconde para no ser descubierto, como si leer fuera algo vergonzoso. Para la Atenas de Pericles, escribir un texto o tocar un instrumento eran actividades serviles. Lo noble, en cambio, era sentarse a escuchar. De tal suerte que, en las reticencias de Sócrates a la escritura hay mucho del sentir común y los prejuicios de la época. Platón parece obviar esto, al presentar sus razonamientos como envueltos en una historia antigua de un país lejano.

Para la sensibilidad de los griegos, que tenían en tan alto concepto la elocuencia, acaso era molesto el tono de quienes leían un discurso en voz alto, especialmente al compararlo con el desempeño del buen orador. Pues perdía su vitalidad y dinamismo. Para Sócrates, la escritura no aporta nada al pensamiento, no es más que su registro o copia disminuida, un auxiliar de la memoria. Pero este apoyo, y la posibilidad de fijar de una vez y para siempre el contenido de un texto no parece suponer ningún beneficio. En cambio, su calidad de mera copia o simulacro, no es inocua o inocente, envuelve una amenaza de falsedad o engaño, contraria a la verdadera sabiduría. El argumento del filósofo se vuelve un ajuste de cuentas, como si le pidiera al texto que se haga responsable de sus limitaciones: “La palabra escrita parece hablar contigo como si fuere inteligente, pero si le preguntas algo, porque deseas saber más, sigue repitiéndote lo mismo una y otra vez. Los libros no son capaces de defenderse”. (p. 124)

 

En la actualidad, nos encontramos en el extremo opuesto. Asumimos que leer es algo bueno, pasa por un buen hábito y un signo de cultura, sin importar cuál sea la calidad de los contenidos. Sin embargo, si analizamos el trasfondo del mito de Theuth, no debería sorprendernos que sigamos escuchando hasta el día de hoy los mismos argumentos, aunque con un ligero cambio de disfraz, respecto a las invenciones más recientes, como el internet y los teléfonos inteligentes. Tal parece que las innovaciones técnicas siempre han acarreado el temor de obstruir nuestras facultades naturales. Si una máquina o artefacto parece hablar, recordar o pensar por nosotros, acaso un día provoque que perdamos la capacidad de hacerlo. Pero el reparo en cada caso tan solo expresa el interés de cada civilización por cultivar alguna habilidad o técnica en perjuicio de otra. En el mundo griego se educaba en el arte poético y oratorio, en tanto que nuestros niños se forman en lectura y aritmética. No reparamos en que todas las técnicas son igualmente artificiales y coyunturales. Ninguna nos aparta obstruye alguna capacidad natural o nos separa de nuestra humanidad. Todas derivan de posibilidades inéditas en algún momento de la historia.

 

Sócrates encarnó el ideal del filósofo oral, en diálogo permanente con los demás o consigo mismo. Irónicamente, tenemos noticias de su pensamiento gracias a la escritura. Pero ni él ni Platón pudieron sospechar que la filosofía le debe su existencia a la invención de la escritura. Pues el desarrollo de la prosa, la lógica y el arte de la argumentación sólo pudieron darse al fijar el pensamiento en proposiciones sobre las cuales regresamos una y otra vez. Del mismo modo en que no puedo existir la geometría sin trazar sus figuras, así sea en la arena.

 

BIBLIOGRAFÍA:

·       Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. México: Penguin Random House, 2019

·       Platón. Diálogos: Fedón, Fedro, Banquete. México: Penguin Random House, 2019

 

RECURSOS

·       Fernando Savater - Platón (Parte 1/2)

https://www.youtube.com/watch?v=CsvTQGC3RWU

·       Fernando Savater - Platón (Parte 2/2)

https://www.youtube.com/watch?v=c6US4-KpAkg

Comenta - Sócrates en El infinito en un Junco de Irene Valle